JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un MĂ©dico —No; pero lo que hacĂ©is por mĂ, lo harĂais tambiĂ©n por cualquier mercader de la calle San Honorato, a quien atropellase un soldado en el teatro. Es necesario que sepáis que no debĂ©is tratarme como a todo el mundo. Si por aquellos a quienes amáis no hacĂ©is más que por los indiferentes, es preferible el aislamiento y la soledad de estos Ăşltimos, pues al menos están libres de enemigos que los asesinen.
—¡Ay!, condesa, condesa —dijo tristemente Luis XV—. Casualmente habĂa despertado tan alegre, dichoso y contento, y os proponĂ©is disgustarme para todo el dĂa.
—¡Me gusta por cierto lo que decĂs!, y yo, ÂżcĂłmo estarĂ© sabiendo que asesinan a mi familia?
Al escuchar la palabra asesinan, el rey no pudo contener una sonrisa a pesar del temor con que veĂa la tormenta que a su alrededor le amagaba.
LevantĂłse llena de cĂłlera la favorita gritando:
—¡Ah!, ¡ah!, ¿esa es la lástima que nos tenéis?
—¡Vamos, vamos!, no hay que irritarse.
—Quiero irritarme.
—HacĂ©is mal: sois tan hermosa al sonreĂr, y os ponĂ©is tan fea cuando os enfadáis…
—¿Qué me importa a mà la hermosura?, ¿me libra acaso de las asechanzas de mis enemigos?
—Sosegaos, querida condesa.