JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A poco se detuvo frente al gran reloj, colocado entonces en el extremo del salón, sitio que ocupa todavÃa en el dÃa, el cual, por medio de una hábil combinación de mecanismos, marca los dÃas, meses, años, cuartos de luna, y, en fin, el curso de los planetas con todo cuanto interesa a esa otra máquina mucho más admirable, a quien llaman hombre, en el movimiento progresivo de su vida hacia su muerte.
El prÃncipe contemplaba, como inteligente, aquel reloj que siempre habÃa llamado su atención. Luego que hubo examinado aquella parte del reloj, se puso a mirarle de frente, siguiendo con su vista el escape de la rápida aguja, que se deslizaba sobre los segundos, semejante a esas moscas de agua que vagan por los estanques y fuentes, rozando apenas con sus largas patas el lÃquido cristal el que constantemente se agitan.
En aquel instante recordó que ya hacÃa muchos segundos que esperaba, habiendo además dejado pasar un gran número antes de avisar al rey.