JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Qué desatino! Si he enviado treinta mil caballos, treinta coches, sesenta galeras, ¡y quién sabe cuántos cajones! Si todo se colocase en una sola lÃnea, llegarÃa desde ParÃs hasta Estrasburgo. ¡Cómo has podido comprender que el servicio está mal hecho, disponiendo de tantos recursos!
—Aunque sé las bondades de Vuestra Majestad, casi tengo la evidencia de lo que he dicho, aunque no niego me habré tal vez explicado mal, y, en vez de decir que el servicio está mal hecho, hubiera acaso debido decir que está mal organizado.
Al escuchar Luis XV estas palabras, levantó la cabeza y fijó la penetrante mirada en los ojos del prÃncipe, adivinando que en las pocas palabras que Su Alteza habÃa pronunciado, se ocultaban muchas ideas.
—Treinta mil caballos —repitió—, treinta coches, sesenta galeras, y dos regimientos empleados para este servicio. ¿Podéis decirme, señor sabelotodo, si jamás visteis entrar princesa alguna en Francia con semejante comitiva?
—No puedo negar que todo ha sido efectivamente dispuesto, y como Vuestra Majestad sabe disponer; ¿pero Vuestra Majestad ha ordenado que todos esos caballos, carruajes, en una palabra, que todo ese material, fuese exclusivamente para la princesa y su séquito?