JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, no —repuso Luis XV—, creo por el contrario, que viene muy de prisa; porque a pesar de los festejos que hacen en todas partes donde llega, obligándola a detenerse, anda al menos diez leguas cada dÃa.
—Muy poco es —dijo el prÃncipe con timidez.
Luis XV quedaba cada vez más admirado al ver la impaciencia que nunca habÃa podido suponer.
—¡Hola! —exclamó con sonrisa burlona—, ¿conque tanta prisa tienes?
—Puedo aseguraros, señor, que no es la causa la que Vuestra Majestad supone —balbuceó el joven sonrojándose nuevamente.
—Mucho peor; desearÃa fuese esa la causa. ¡Qué diablos!, tienes dieciséis años, aseguran que la princesa es muy linda, no hay por qué extrañar estés impaciente. ¡Vamos!, no pases cuidado, no te faltará.
—Y decid, señor, ¿no se pudieran abreviar esas ceremonias en su tránsito?
—Imposible; ya ha pasado sin detenerse por dos o tres ciudades donde debió pararse.
—Pues entonces ese viaje será eterno. Y es más… que también me he figurado una cosa —se aventuró a decir con timidez el prÃncipe.
—¿Qué te has figurado?, ¡vamos, habla!
—Que el servicio está mal dirigido, señor.
—¡Cómo!, ¿qué servicio?
—El del viaje.