JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El prÃncipe dejó en un sillón el raspador y las ruedas, lo cual manifestaba que tenÃa en efecto alguna cosa urgente que decir al rey, pues interrumpÃa su importante obra.
—¿Necesitas algún dinero? —preguntó este con prontitud, dando algunos pasos hacia la puerta—. Si es lo que deseas, espera, voy a enviártelo.
—No, no, señor —tartamudeó el joven—; tengo aún mil escudos de mi asignación mensual.
—Económico eres —exclamó el rey—; ¡y qué bien me lo ha educado M. de Lavauguyon! Creo, en verdad, que le ha dado justamente las virtudes que yo no poseo.
—Señor —se atrevió a preguntar el joven, naciendo un supremo esfuerzo sobre sà mismo—, ¿está todavÃa muy distante la princesa?
—¿No lo sabes tú tan bien como yo?
—¿Yo? —tartamudeó el prÃncipe turbado.
—Sin duda: ayer nos leyeron el boletÃn de viaje, y debió llegar a Nancy el lunes pasado. En este momento debe encontrarse a unas cuarenta y cinco leguas de ParÃs.
—¿No os parece, señor, que camina con excesiva lentitud?