JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Luis se retiró precipitadamente, aunque con todas las precauciones necesarias para no maltratar el hermoso mueble, cuya reparación habÃa emprendido.
—Ya lo ve Vuestra Majestad —respondió confundido el joven al verse sorprendido en aquella ocupación—; me distraÃa mientras llegabais.
—SÃ, en estropearme el reloj; ¡bonita diversión por cierto!
—Todo lo contrario, señor, lo estaba arreglando. No daba vueltas ya la rueda principal; entorpecida por este tornillo; le he apretado, y ya marcha muy bien.
—Te volverás ciego con tanto mirar ahà dentro. Por todo el oro del mundo no introducÃa mi cabeza en semejante avispero.
—¡Oh señor!, soy inteligente: yo mismo limpio, armo y desarmo el hermoso reloj con que Vuestra Majestad me obsequió el dÃa que cumplà catorce años.
—Bueno, pero deja por ahora tu máquina, si es que deseáis hablarme.
—¿Señor, yo? —dijo él sonrojándose.
—Es claro, me han avisado que me aguardabas.
—Asà es, señor —contestó el joven bajando la vista.
—Está bien: ¿qué querÃas?, habla. Si no tienes que decirme nada, me marcho a Marly —dijo Luis XV procurando evadirse, según acostumbraba.