JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Luis XV la respetaba porque también la estimaba, y hasta a veces se envanecía de ella; he aquí por qué era la única entre sus hijas con la que se contenía en sus chanzas picantes y familiaridades triviales, y en tanto que apellidaba a Adelaida, Victoria y Sofía, Loque, Chiffe y Graille, llamaba a Luisa de Francia, Madame.

Desde que el mariscal de Sajonia había llevado consigo al sepulcro el alma de los Turenas y Condes, todo se empequeñecía alrededor de aquel trono agonizante, y entonces madame Luisa, cuyo carácter enteramente real, parecía rayar en el heroísmo, realzaba la corona de Francia, a la que únicamente restaba aquella perla fina, en medio de su oropel y falsas piedras.

Sin embargo, no podremos decir que Luis XV amaba a su hija, pues ya sabemos que sólo se amaba a sí mismo: pero aseguramos que la prefería a todas las demás.

Al entrar vio a la princesa sola en medio de la galería, recostada sobre una mesa con tablero de jaspe.

Vestía un traje negro. Sus hermosos cabellos sin polvo, se ocultaban bajo un doble encaje, y aunque su frente expresaba en aquel momento menos severidad que de costumbre, parecía, sin embargo, más triste. A veces dirigía sus melancólicas miradas hacia los retratos de los reyes de Europa, a la cabeza de los cuales, brillaban sus antepasados los reyes de Francia.


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