JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El traje negro era el que vestÃan de ordinario las princesas en sus viajes, ocultando las largas faltriqueras que se usaban también en aquella época, como en tiempo de las reinas caseras, y madame Luisa, siguiendo el ejemplo de aquellas, llevaba en su cintura, pendiente de un anillo de oro, las numerosas llaves de sus baúles y armarios.
El rey quedóse meditabundo al ver la silenciosa atención con que se esperaba el término de aquella escena.
El espectador parecÃa falto de discreción y de respeto para los actores: veÃan y no oÃan: estaban autorizados para lo primero, y les estaba prohibido lo segundo.
La princesa adelantóse algunos pasos al encuentro de su padre, y besó su mano.
—Me han dicho que pensáis marcharos, señora —preguntó Luis XV—. ¿Vais a PicardÃa?
—No, señor —repuso la princesa.
—Entonces, supongo —dijo el rey alzando la voz— que iréis en romerÃa a Noirmoutier.
—Tampoco, señor; deseo retirarme al convento de Carmelitas de San Dionisio, del cual ya sabéis que puedo ser abadesa.
El rey se conmovió, y aunque su corazón estuviera efectivamente turbado, su rostro permaneció sereno.