JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La princesa dirigió curiosas miradas en torno suyo para cerciorarse de que nadie podÃa oÃrla, y viendo que todos estaban distantes, prosiguió:
—Pues bien: sÃ, yo lo sé, yo, que con el traje de una madre de la Misericordia, he recorrido veinte veces las calles sombrÃas; las pobres buhardillas, y las encrucijadas donde sólo se oyen gemidos de dolor; pues en esas calles, en esas encrucijadas, en esas buhardillas, señor, perecen de hambre y de frÃo, en el invierno, de sed y calor durante el verano. Como vos únicamente vais de Versalles a Marly, y de Marly a Versalles, no veis los campos que ya no tienen grano, no diré para mantener a los pueblos, pero ni siquiera para sembrar la tierra, que devora sin producir frutos, maldecida por no sé qué enemigo poder, y aquellos a quienes falta el pan, rugen sordamente. Vagos y desconocidos rumores se oyen en los aires, en el crepúsculo, durante la noche, hablándoles de esposas, cadenas, tiranÃas… y a estas voces, despiertan, suspenden sus gemidos y comienzan nuevamente a murmurar.
»Por su parte los parlamentos exigen el derecho de representar al pueblo y la facultad de decirnos en alta voz: ¡rey, tú nos pierdes!, o sálvanos, o solos nos salvaremos.