JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Que Dios le defienda a él primero.
—Un celo mal entendido os extravÃa, debo repetÃroslo. Luisa. Bueno es retar, pero no siempre. ¿Mas, de qué os sirve rogar tanto, a vos que sois tan buena y tan piadosa?
—Nunca oraré lo suficiente, ¡oh padre mÃo!; jamás rogaré bastante, ¡oh rey mÃo!, para evitar el golpe que está próximo a descargarse sobre nosotros. La bondad que Dios me ha dado, la pureza que hace veinte años me esfuerzo en conservar, todavÃa no satisfacen la necesaria candidez e inocencia que exige a la vÃctima expiatoria.
Retrocedió un paso el monarca, y contemplando absorto a madame Luisa, dijo:
—Nunca me habéis hablado asÃ; vais extraviada, hija mÃa; el ascetismo os pierde.
—¡Ah, señor!, no califiquéis con ese nombre mundano al sacrificio más verdadero, y sobre todo, más preciso que jamás ofreciera súbdita a su rey ni hija a su padre en tan extrema necesidad. Vuestro trono, señor, cuyo protector amparo me ofrecÃais hace poco inspirado por el orgullo, vuestro trono, señor, se estremece bajo los golpes que vos mismo desconocéis, y que yo he adivinado. Un abismo profundo en donde de un modo repentino puede sepultarse la monarquÃa, sordamente se ahonda. ¿Os han dicho en alguna ocasión la verdad, señor?