JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Conque sufrÃs mucho? —exclamó el rey con muestras de enternecimiento—. ¡Penas tú, pobre niña!
—Crueles, inmensas, señor —repuso madame Luisa.
—Pero, hija mÃa, ¿por qué me las ocultas?
—Porque son de aquellas que ninguna mano humana puede aliviar.
—¿Ni la de un rey?
—Ni la de un rey, señor.
—¿Ni la de un padre?
—Tampoco, señor, tampoco.
—¿Y sostenéis eso, vos, Luisa, vos, que sois religiosa y sacáis tantas fuerzas de la religión?
—No tanto como es necesario, señor, y me retiro al claustro para hallar más. En el silencio, Dios habla al corazón del hombre; en la soledad, el hombre habla al de Dios.
—Meditad que hacéis al Señor un inmenso sacrificio que nada podrá compensar. El trono de Francia extiende una augusta sombra sobre sus hijos.
—TodavÃa es más profunda la de la celda, padre mÃo; fortalece el corazón, y es tan dulce para el fuerte como para el débil, para el grande como para el pequeño.
—¿Pensáis que os amenaza algún peligro? Si asà es, Luisa, el rey mismo está pronto a defenderos.