JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Cruzó Luis XV sus brazos, e inclinando con tristeza la cabeza sobre su pecho dijo:
—Hija mÃa, vuestro lenguaje es muy severo; esas desgracias que me reprocháis, ¿son acaso obra mÃa?
—No permita Dios que tal piense; pero son obra del tiempo en que vivimos; os veis arrastrado como todos. OÃd, oÃd los estrepitosos aplausos del teatro ante la menor alusión contra el trono: ved por la noche los alegres y bulliciosos grupos, descendiendo las pequeñas gradas de los entresuelos con gran estrépito, mientras la magnÃfica escalera de mármol está sombrÃa y desierta. Las clases del pueblo y de los cortesanos, señor, se han procurado diversiones independientes de las nuestras, y no sólo se divierten sin nosotros, sino que se entristecen cuando alguna vez nos presentamos en ellas. ¡Ay de mÃ! —prosiguió la princesa, con encantadora melancolÃa—, ¡ay de mÃ!, ¡pobres graciosos mancebos!, ¡pobres adorables vÃrgenes!, ¡amad…!, ¡cantad…!, ¡olvidad…!, ¡sed felices…! Aquà era una molestia para vos, mientras allà os serviré; aquà reprimÃs vuestra alegrÃa, temiendo molestarme: allÃ, allÃ, rogaré, ¡ah rogaré con todo el fervor de mi alma, por el rey, por mis hermanas, por mis sobrinos, por el pueblo de Francia, por todos vosotros, en fin, a quienes amo con la energÃa de un corazón que pasión alguna ha podido hasta ahora aminorar!