JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Hija mÃa —exclamó con ternura el monarca pasado un instante de silencio—, no me abandonéis en este instante al menos, os lo suplico; vuestras palabras acaban de destrozar mi corazón.
Luisa de Francia cogió la mano de su padre, y fijando con amor su vista en la noble fisonomÃa de Luis XV:
—No —prorrumpió—, no, padre mÃo; ni una hora más quiero seguir en este palacio. No es ya hora de dedicarnos a la oración, tengo fuerza suficiente para redimir con mis lágrimas todos los placeres a que aspiráis, vos todavÃa joven, vos tan buen padre, vos que sabéis perdonar.
—Continúa con nosotros, Luisa, continúa con nosotros —dijo el rey estrechando a su hija en sus brazos.
—Mi reino no es de este mundo —respondió Luisa moviendo tristemente la cabeza y separándose de los brazos del rey—. Adiós, padre mÃo; os he dicho hoy cosas que pesaban sobre mi corazón, hace diez años. Ese tormento me abrumaba. Adiós, ya estoy contenta. ¿Veis cómo sonrÃo? Hoy principio a ser dichosa, y nada hecho de menos al apartarme del mundo.
—¿Ni aun a mà mismo, hija mÃa?
—¡Ah!, os echarÃa de menos si no debiera volver a veros; pero vendréis algunas veces a San Dionisio; no me olvidaréis por completo.