JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh…!, ¡jamás, jamás!
—Procurad no conmoveros señor, no demostremos que nuestra separación es duradera. Por lo menos, mis hermanas supongo que nada saben todavÃa, y sólo mis camaristas conocen este secreto. Estoy haciendo los preparativos hace ocho dÃas, y deseo fervientemente que el ruido de mi partida no resuene sino después del de las pesadas puertas de San Dionisio.
Luis XV leyó en la mirada de su hija que su propósito era irrevocable. PreferÃa, por otra parte, que fuese ignorada de todos su partida, pues si madame Luisa deseaba evitar el llanto que pudiera ocasionar su resolución, él temÃa mucho más por su salud.
HabÃa además pensado ir a Marly, y los disgustos de Versalles debÃan necesariamente suspender aquel viaje.
Por último, se figuraba que no habÃa de volver a encontrarse al salir de sus orgÃas, indignas a la vez de un rey y de un padre, aquel rostro grave y triste que le parecÃa como una condenación de su indolente y perezosa existencia.
—Cúmplase tu voluntad, hija mÃa —dijo—, pero recibe antes la bendición de tu padre, que fue siempre feliz a tu lado.
—Dadme permiso únicamente para que bese vuestra mano, señor, y dadme mentalmente esa grata bendición.