JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Este medio parecÃa bastante a propósito para variar por completo el sentido de la conversación; pero madame Adelaida era demasiado astuta y maliciosa para perder tan fácilmente la pista cuando se proponÃa decir alguna cosa desagradable.
—Me equivoqué, señor, me equivoqué, no es el término propio. En vez de intrusión yo debÃa haber dicho introducción…
—Vaya —dijo el rey—, esto ya es distinto: confieso que me disgustaba la otra palabra: prefiero introducción.
—Y sin embargo, señor —respondió madame Victoria—, creed que tampoco es ese el verdadero nombre que debe emplearse.
—¿Cuál es al fin?
—Es presentación.
—¡Ah!, ¡sÃ! —gritaron las otras hermanas uniéndose a la mayor—, ya creo que le hemos hallado.
—¿Lo creéis as� —preguntó el rey mordiéndose los labios.
—Sà —replicó Adelaida—. Pues yo decÃa que mi hermana temÃa mucho las nuevas presentaciones.
—¡Qué! —dijo el rey, deseando concluir aquella conversación—, ¡terminad!
—Que habrá temido sin duda ver introducida en la corte a madame la condesa Du Barry.