JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Vamos! —gritó el rey con irresistible movimiento de despecho—, ¡vamos!, ¡por Cristo!, decid pronto esa palabra, y no deis tantos rodeos. Ya estoy aburrido con vuestras verdades.
—Señor —repuso madame Adelaida—; si he tardado tanto en decir a Vuestra Majestad lo que ya he manifestado, es porque me lo impidió el respeto, y sobre semejante asunto, no hubiera abierto la boca a no habérmelo vos mismo ordenado.
—¡Es claro! ¡Siempre la tenéis cerrada, nunca bostezáis, habláis, ni mordéis…!
—Cierto es, señor —prosiguió Adelaida—, que, según creo, he dado con el verdadero motivo que ha originado la separación de mi hermana.
—Os equivocáis.
—¡Oh!, señor —repitieron a una voz, y moviendo de arriba a abajo la cabeza Victoria y SofÃa—; ¡oh!, señor, estamos seguras.
—¡Bah…! —interrumpió el rey imitando a un padre de los que Moliere presenta en sus comedias—, ¡hola!, ¡hola!, tengo conspiradores en mi familia: por eso, según creo, no ha podido realizarse esa presentación: y por esta razón esas señoras nunca están en casa cuando van a visitarlas: por eso no responden cuando les dirigen memoriales o les piden audiencia.
—¿A qué memoriales?, ¿a qué audiencias? —preguntó madame Adelaida.