JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cómo! —dijo madame SofÃa—, ¿lo ignoráis? A los memoriales de la señorita Juana Vaubernier.
—No, a la solicitud de audiencia de la señorita Lange —interrumpió madame Victoria.
El rey se incorporó encolerizado: aquella mirada dulce casi siempre, fulguró de modo tal que debÃa inspirar poca confianza a las tres hermanas; pero como no habÃa en aquel trÃo regio ninguna heroÃna capaz de arrostrar la cólera paternal, todas bajaron asustadas su vista.
—Queréis demostrar con esto que me equivocaba al decir que la mejor de las cuatro se habÃa ido.
Madame Adelaida interrumpió diciendo:
—Señor, Vuestra Majestad nos trata peor que a perros.
—Y no me falta razón, pues ellos siquiera me acarician al verme. ¡Los perros! Esos sà son verdaderos amigos, Conque, adiós, señoras. Voy a ver a Charlotte, Belle-Fille y Gredinet. ¡Pobres animales!, sÃ; los amo y los amaré siempre, porque al menos ellos no ladran la verdad.
Y hecho una furia salió de allà el rey; pero apenas habÃa dado tres pasos en la antecámara, cuando oyó a sus tres hijas que cantaban en coro:
En ParÃs, ciudad famosa,
todos son sin excepción
muy blandos de corazón,