JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El licenciado Flageot, en cuanto oyó anunciar por su criada Margarita a madame la condesa de Béarn, corrió diligente a apretarse las calzas que con motivo del calor tenía bastante caídas; encasquetóse rápidamente su peluca, de que estaba también despojado, y envolviéndose en una bata de bombasí, avanzó sonriendo hacia la puerta, expresando en su semblante tan marcada admiración, que, al verle la litigante, exclamó con extrañeza:

—¡Yo soy, mi querido M. Flageot! ¡Soy yo…!

—Sí, sí —contestó el abogado—, ya lo veo, señora condesa.

Entonces cruzó castamente la bata el curial y condujo a la vieja hacia un sillón de cuero, que había en el ángulo más alumbrado del gabinete, alejándola así de los papeles de su bufete, temeroso de su curiosidad. El licenciado dijo con la más delicada galantería:

—Permitiréis que me felicite por tan agradable sorpresa.

—La señora de Béarn, reclinada ya en su sillón, levantaba en aquel momento sus pies, con objeto de dejar entre el suelo y sus zapatos bordados, el intervalo necesario para dar paso a un cojín de cuero que Margarita colocaba en el suelo.

—¿Cómo sorpresa? —dijo incorporándose con rapidez y colocando sobre la nariz sus antiparras que había sacado del estuche para contemplar mejor a Flageot.


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