JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Es claro: yo creía que estaríais en vuestras posesiones —replicó el abogado, usando de esta amable lisonja para calificar las cuatro fanegas de tierra sembradas de hortaliza, que poseía la condesa.

—Es cierto: en ellas he estado; pero, al primer aviso vuestro, me he apresurado a venir.

—¿A mi primer aviso? —repitió atónito el abogado.

—A vuestro primer aviso, a vuestra primera señal, a vuestra primera cita, como os plazca.

Abrió M. Flageot unos ojos tamaños, como los espejuelos de la condesa.

—He venido pronto, ¿eh?; debéis estar satisfecho.

—Como siempre, señora; pero permitidme os manifieste que ignoro lo que debo hacer en este caso.

—¿Cómo? —dijo la condesa—, ¿lo que debéis hacer?… Todo, o más bien, ya lo habréis hecho.

—¿Yo?

—Es evidente: vos… ¡Cómo!, ¿ha habido alguna novedad?

—¡Oh!, sí, señora: se asegura que el rey está meditando un golpe de Estado contra el Parlamento… pero, señora, ¿queréis tomar alguna cosa?

—¿Qué me interesa a mí el rey?, ¿qué me importan sus golpes de Estado?

—Pues entonces, señora…


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