JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pobre mujer —dijo para s×, ha perdido el juicio.
—¡Cómo! —insistió madame de Béarn— ¿no tenéis una hija?…
—No, señora.
—¿Casada en Estrasburgo?…
—No, señora, no, mil veces no.
—¿No la encargasteis —prosiguió la condesa—, que me anunciara al pasar por Verdún, que el pleito debÃa verse?
—No.
La condesa se movió lentamente en su sillón, dándose con despecho sobre sus rodillas dos fuertes palmadas.
—Un trago, señora condesa, os aprovechará.
Hizo al mismo tiempo una seña a Margarita, que le acercó dos vasos de cerveza en una batea; pero la vieja, que ya no tenÃa sed, la rechazó tan violentamente, que la criada, que al parecer gozaba de ciertos privilegios en la casa, se resintió de aquel desaire.
—Vamos —dijo la condesa mirando por debajo de los anteojos a M. Flageot—, explicadme, si gustáis, lo que esto significa.
—Convengo —contestó el curial—; quedaos, Margarita, puede que esta señora quiera beber luego; expliquémonos.