JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, expliquémonos, porque estáis hoy incomprensible, mi querido M. Flageot; y por todos los santos, que parece habéis perdido la razón con estos calores.
—Señora, no os incomodéis —repuso el abogado desviando hacia atrás su sillón para alejarse de la condesa—; no os irritéis: hablemos.
—SÃ, hablemos. ¿Conque afirmáis que no tenéis hija alguna, eh, M. Flageot?
—Y lo siento muchÃsimo, pues conozco que os hubierais alegrado, aunque…
—¿Aunque…? —repitió la condesa.
—Aunque por mi parte, prefiero a los varones, porque tienen mejor salida, o por mejor decir, no toman tan mal giro como las hembras en estos tiempos.
—¡Cómo! —dijo la de Béarn cruzando sus manos con una profunda inquietud, ¿no habéis hecho que me llamaran por una hermana… sobrina… prima…?
—No he pensado en tal cosa, señora, pues conozco cuan costosa es la residencia en ParÃs.
—¿Y mi asunto?
—He pensado teneros siempre al corriente, tan luego como ocurriese alguna novedad.
—¿De modo, que no la hay?
—Que yo sepa, no, señora.
—¿No han señalado dÃa para la vista?
—No, señora.
—¿Y no hay esperanzas de que lo señalen?