JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Señora, no! ¡Dios mío, no!

—Entonces —dijo la vieja gritando al levantarse—, entonces se han mofado, sí, indignamente mofado de mí.

—Tal creo, señora —balbuceó M. Flageot izando su peluca hasta lo alto de la frente.

—¡M. Flageot! —exclamó la condesa.

Flageot dio un salto disponiéndose a la defensa, e hizo una seña a Margarita que se preparó a defender a su amo.

—M. Flageot —prosiguió la condesa—, no sufriré de ningún modo semejante humillación. Ahora mismo veré a la mujerzuela que se ha atrevido a insultarme de este modo.

—¡Vamos!, ¡eso es muy dudoso! —contestó M. Flageot.

—Y así que la halle —prosiguió madame de Béarn arrebatada de cólera—, entablaré demanda contra ella.

—¡Nuevo pleito! —dijo tristemente el abogado.

En cuanto oyó estas palabras, el furor de la litigante se desvaneció.

—¡Ay! —exclamó—, ¡venía tan alegre!

—¿Pero qué os dijo esa mujer, señora?

—En primer lugar que vos la enviabais.

—¡Qué intriganta!


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