JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Y me anunció de parte vuestra la vista de mi pleito; conocà que debÃa venir con la mayor rapidez, pues por mucha prisa que me diese no serÃa demasiada.
—¡Ay de mÃ, señora! —dijo entonces M. Flageot—; ¡qué lejos está esa vista!
—Nos han olvidado, ¿no es as�
—Olvidado, sepultado, enterrado, señora; sólo un milagro nos puede salvar, y los milagros son tan raros…
—¡Oh!, seguramente —murmuró suspirando la condesa. Contestó el licenciado con otro suspiro acomodado al de su cliente.
—¿Queréis, M. Flageot, que os diga una cosa?
—Decidla, señora.
—Que no sobreviviré a este golpe.
—Mal hecho.
—¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —exclamó la pobre condesa—, si ya no tengo fuerzas.
—Animaos, señora, animaos —dijo Flageot.
—¿Pero no tenéis nada que aconsejarme?
—SÃ, señora: que regreséis a vuestra casa, y no creáis en lo sucesivo a nadie que se presente de mi parte, sin llevar una esquela mÃa.
—Es preciso que lo haga asÃ.
—Es lo más prudente.