JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Podéis creerme, M. Flageot —dijo tristemente la condesa—; no nos veremos más, al menos en este mundo.
—¡No digáis eso, señora!
—¡Ah, qué enemigos tan encarnizados tengo!
—Sin duda es obra de los Saluces.
—Bien, bien se conducen conmigo.
—Efectivamente son muy miserables —añadió M. Flageot.
—¡Oh!, ¡la justicia!, ¡la justicia!, amigo mÃo, es la cueva de Caco.
—¿Por qué razón decÃs eso? —replicó M. Flageot—, ¿porque ya no es lo que antes era, porque molestan al Parlamento y porque M. de Maupeou ha querido ascender a Canciller, en lugar de ser presidente?
—Vamos, M. Flageot, ahora es cuando beberÃa a gusto.
—¡Margarita! —gritó este.
La sirvienta, que habÃa salido al ver la marcha pacÃfica del diálogo, entró con la batea y vasos de cerveza que se habÃa llevado. Madame de Béarn bebió con lentitud un vaso de cerveza, y se dispuso a salir haciendo una triste reverencia, acompañada de una despedida aún más triste.