JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—M. Flageot la siguió con la peluca en la mano. Había ya llegado la condesa al rellano, y extendía el brazo para agarrarse a la cuerda, cuando una mano se colocó sobre la suya, y una cabeza tropezó en su pecho. La mano y la cabeza eran de un escribiente, que subía de cuatro en cuatro los empinados escalones.

La vieja compúsose la saya refunfuñando y renegando, y siguió descendiendo, mientras que el amanuense, llegado a la meseta, empujaba la puerta gritando con la voz franca y alegre de los curiales de todas las épocas, mostrando un papel:

—Tomad, M. Flageot, es sobre el negocio de Béarn. Saltar hacia atrás al oír aquel nombre, dar un empellón al amanuense, arrojarse sobre M. Flageot y arrebatarle el papel, he aquí lo que la vieja condesa ejecutó antes que el amanuense recibiera dos bofetones que le aplicaba Margarita, o fingía aplicarle, en cambio de otros tantos besos.

—Sepamos —dijo la condesa—, ¿qué he oído decir aquí?, ¿qué dice ese papel?

—Todavía no lo sé, señora condesa, pero podré decírselo, si tenéis a bien devolvérmelo.

—Cierto, mi querido M. Flageot, leed, leed enseguida.

—Letra de nuestro procurador M. Guildou —dijo el licenciado después que hubo examinado la firma.

—¡Ay! ¡Dios mío!


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