JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y M. Flageot continuó cada vez más admirado. Me invita a prepararme para hacer la defensa el martes, porque han señalado este dÃa para la vista.
—¡Para la vista! —gritó la vieja dando saltos—. ¡Para la vista…! ¡Ah!, miradlo bien, M. Flageot, no lo tomemos a broma esta vez, porque morirÃa del disgusto.
—Señora —replicó el curial aturdido con tan inesperada noticia—; si alguno se bromea, sólo puede ser M. Guildou, y lo harÃa por primera vez en su vida.
—Ved si es efectivamente suya la esquela.
—Está firmada por él —dijo el licenciado—: Vedlo.
—¡No hay duda! ¡Mañana es el dÃa señalado, y para la defensa el martes! ¡Ay, señor licenciado! Ya veo que la señora que me avisó no era una intriganta.
—Asà parece.
—¿Lo sabéis con seguridad que no fue enviada por vos?
—Sin duda, pardiez.
—Pues entonces, ¿por quién?
—Eso es lo que yo también deseo averiguar.
—Porque al fin, alguno la enviarÃa.
—Yo me vuelvo loco.
—¡Ay!, permitid que lea nuevamente; asà es: lo veo escrito aquÃ; se verá ante el presidente Maupeou.
—¡Demonio! ¿Dice eso?