JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Eso dice.
—Mucho lo siento.
—¿Por qué?
—Porque el presidente Maupeou es Ãntimo amigo de los Saluces.
—¿Podéis afirmarlo?
—No sale de su casa.
—¡Ay, señor! ¡Cuán grande es mi desgracia! Ahora estamos peor que antes.
—Y no obstante —dijo el letrado—, es preciso verle.
—¿Y me recibirá mal?
—¡Quién sabe!
—¡Gran Dios! ¿Qué me decÃs, M. Flageot?
—La verdad, señora.
—¡Cómo! No sólo os desanimáis, sino que me hacéis perder a mà también las esperanzas.
—No podemos esperar nada bueno de M. de Maupeou.
—De modo que os acobardáis, vos que sois un Cicerón.
—Cicerón hubiera visto perdida la causa que defendÃa, si hubiese tenido por juez a Verres, y no al César —contestó el licenciado Flageot, que no halló contestación más modesta para rechazar el insigne honor que acababa de hacerle su cliente.
—¿Es decir, que pensáis que no debo visitarlo?