JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No quiera Dios, señora, que os aconseje semejante irregularidad; pero sà me compadezco de que os veáis obligada a esa entrevista.
—Os expresáis, M. Flageot, como lo harÃa un soldado que pretende abandonar su puesto. No parece sino que teméis defender el asunto.
—Señora —respondió el abogado—, algunos he perdido, llevando probabilidad de escapar mejor que en el vuestro.
La condesa exhaló un profundo suspiro; pero reuniendo toda su fuerza de ánimo:
—No dejaré por agotar recurso alguno —añadió con una energÃa que contrastaba muchÃsimo con la grotesca fisonomÃa de aquella conferencia, y no se dirá que teniendo el derecho he retrocedido en presencia de una pandilla; se perderá el pleito quizá, pero tendré el placer de haber mostrado a esos prevaricadores la frente de una mujer de clase, como existen muy pocas hoy dÃa en la corte. ¿Queréis que me apoye en vuestro brazo, M. Flageot, para acompañarme a casa de vuestro vicecanciller?
Con toda la dignidad posible contestó el licenciado: