JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Señora, señora, nosotros, miembros opositores del Parlamento de ParÃs, hemos prometido no tener relaciones fuera de las audiencias con los que le abandonaron en el asunto de M. d’Aiguillon. La unión constituye la fuerza, y como M. de Maupeou intervino en este negocio, dándonos motivo de queja, permaneceremos en nuestro campamento hasta que enarbole una bandera.
—En peor ocasión no podÃa verse mi pleito, según entiendo —dijo suspirando la condesa—; los abogados, enemistados con sus jueces; los jueces, con las partes. No importa, sostendré mi derecho a pesar de todo.
—Dios os preste su auxilio, señora —dijo el abogado, colocando sobre el brazo izquierdo su bata, como hubiera hecho con su toga un senador romano.
—Bien poco vale este abogado —murmuró entre dientes Madame de Béarn.
—Temo ser más desafortunada con él ante el Parlamento, que lo era yo en mi casa ante la almohada.
Y levantando la voz y fingiendo una sonrisa, con la que trataba de disimular su inquietud, continuó:
—Adiós, M. Flageot, estudiad bien la causa, ¡quién sabe lo que puede ocurrir!
—Ya, ya —respondió este—, no temo yo la defensa, porque será brillante, os lo prometo, y tanto más, cuanto que estoy decidido a hacer en ella unas alusiones tan terribles…
—¿Contra quién, señor, contra quién?