JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Contra la corrupción de Jerusalén, estableciendo la semejanza con las ciudades malditas e invocando contra ella la ira de Dios. Os aseguro, señora, que nadie ignorará que Jerusalén es Versalles.
—¡Ay! ¡M. Flageot! —repuso la vieja—, no os comprometáis, por Dios, o por mejor decir, no comprometáis mi pleito.
—Pero, señora, ya os dije que está perdido ante M. de Maupeou. Ahora nuestros esfuerzos deben encaminarse a ganarlo ante nuestros contemporáneos, y puesto que no nos hacen justicia, escandalicemos.
—M. Flageot…
—Seamos filósofos. Señora… caiga toda nuestra indignación sobre los culpables.
—¡Malos demonios la descarguen en ti! —refunfuñó la vieja—, ignorante maldito, que no tienes más interés que el de adornarte con esa andrajosa túnica filosófica. Veamos ahora a M. de Maupeou; él no es filósofo y podré sacar acaso mejor partido que contigo.
Dicho esto, la vieja condesa despidióse de M. Flageot, y se alejó de la calle de Petit-Lion, habiendo recorrido en el espacio de dos dÃas todas las gradas de la escala de las esperanzas y de las desilusiones.