JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Pero, en fin —añadió el ministro—, sin faltar a la integridad, el juez se acuerda mejor del amigo, que del desconocido; y no falta a la justicia, cuando la demanda de aquel a quien se inclina es también justa. Como es muy justo que perdáis el pleito, bien podrán esmerarse en procuraros las más desagradables consecuencias.

—Es demasiado terrible cuanto vuecencia tiene el honor de decirme.

—En cuanto a mí, me abstendré de mezclarme en esto, no tengo que recomendar nada a los jueces, y como no he de ser yo mismo quien falle, puedo hablaros claramente.

—¡Ay, monseñor!, ya me había yo figurado una cosa.

Los diminutos ojos pardos del presidente se fijaron en la litigante, al escuchar estas palabras.

—Y es que, residiendo en París los Saluces, estarían relacionados con todos los jueces y serían omnipotentes.

—En primer término, porque tienen derecho.

—¡Ah…! Cuan cruel es, monseñor, oír esas palabras en boca de un hombre tan infalible como vuecencia.

—Concedo; pero al hablar así —añadió M. de Maupeou con fingida franqueza—, os juro que desearía complaceros en algo.


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