JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La condesa se estremeció; parecÃale entrever cierta confusión, si no en las palabras, al menos en las ideas del vicepresidente, y confiaba en que, si estas se aclaraban descubrirÃa tal vez alguna cosa favorable para ella.
—Además —continuó Maupeou—, vuestro nombre, que es uno de los más esclarecidos de Francia, os recomienda singularmente.
—Pero eso no será inconveniente para que pierda yo mi pleito.
—¡Qué hemos de hacer! Eso no depende de mÃ.
—¡Ah, monseñor, monseñor!, al menos tal creo —dijo la de Béarn balanceando la cabeza—, ¡cómo están en el dÃa las cosas!
—¿Conque pensáis, señora, que en nuestros tiempos marchaban mejor?
—Indudablemente, monseñor, o al menos me inclino a creerlo asÃ. ¡Ah!, con cuánta alegrÃa me acuerdo del tiempo en que simple abogado pronunciabais en el Parlamento aquellos elocuentes discursos, que iba yo, aún joven, a aplaudir entusiasmada. ¡Qué elocuencia, qué virtud! ¡Ay! TodavÃa no habÃa intrigas ni favoritismo en aquella época; entonces sà que habrÃa yo ganado mi pleito.