JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Quién es? —interrogaron a la vez el vizconde y M. de Maupeou.
—Yo —contestó la vieja del pleito.
—¡Vos, señora! —exclamó el canciller.
—OÃd, señor, ¿no ha ocurrido ese acontecimiento en la villa de La Chaussée?
—SÃ, señora, al mudar de tiros en la casa de postas.
—¡Bueno!, yo seré vuestro testigo. Pasé por el sitio del atentado dos horas después de cometido.
—¿Es cierto? —preguntó el canciller.
—¡Ah! ¡Cuánto os lo agradezco! —añadió el vizconde.
—Y en efecto —continuó la condesa—, todo el pueblo estaba refiriendo todavÃa el suceso.
—¡Cuidado, señora —exclamó el vizconde—, tened cuidado!, pues si queréis servirme en esta cuestión, es muy posible que los Choiseul hallen medios de haceros arrepentir de vuestro generoso comportamiento.
—Sà —añadió el canciller—, y les será tanto más fácil, cuanto que la señora condesa tiene en este instante un pleito, cuyo éxito me parece bastante dudoso.
Y esta, llevándose las manos a la frente, exclamó:
—Monseñor, ¡salgo de un abismo para caer en otro!