JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Está bien —respondió Maupeou—; pero contad también allá cómo he representado yo el mío; sin embargo, os prevengo que estéis alerta, pues la vieja es muy astuta.

En este momento se volvió la condesa, no pudiendo ver más que la ceremoniosa reverencia que hicieron al despedirse el canciller y el vizconde.

Un magnífico carruaje con regias libreas aguardaba en la puerta. La condesa se instaló en él, henchida de orgullo. Juan hizo una seña y partieron.

Así que salió el rey del cuarto de la Du Barry, e hizo un recibimiento tan corto como triste a los cortesanos, según tenía anunciado, la condesa quedó por fin sola con Chon y su hermano, el cual no se había presentado desde luego, a fin de que no se pudiera averiguar el estado de su herida, bastante leve en realidad.

Lo que resultó del consejo de familia fue que en vez de salir la duquesa para Luciennes como lo había anunciado al rey, se dirigió a París, donde tenía en la calle de Valois un pequeño palacio que servía de hospedaje a esta familia, continuamente errante, siempre que lo exigían sus negocios o sus placeres.

Instalóse la condesa en su estancia, tomó un libro y quedó en expectativa.

Entretanto el vizconde preparó sus baterías.


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