JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La favorita nunca atravesaba por las calles de ParÃs sin asomarse frecuentemente a la ventanilla, porque una de las propiedades de las mujeres bonitas es hacerse ver porque están convencidas que son buenas para ello. Lo hizo asÃ, no tardando en extenderse por la ciudad la noticia de su llegada, y que desde las dos hasta las seis recibió veinte visitas. La Providencia parecÃa mirar por la infeliz condesa que si se hubiese encontrado sola se hubiese muerto de fastidio. Gracias a esta distracción, pasó el tiempo meditando, mandando y coqueteando.
Marcaba la gran esfera de San Eustaquio las siete y media de la tarde, cuando pasó el vizconde por delante de aquel templo, acompañando a la condesa de Béarn a casa de su hermana.
Lo que hablaron en el coche revelaba toda la indecisión de la condesa en aprovecharse de su buena suerte.
Por su parte el vizconde simulaba cierta dignidad protectora, y prorrumpÃa en admiraciones sin número sobre la singular circunstancia que habÃa proporcionado a madame de Béarn el conocimiento y relaciones de madame Du Barry.
La condesa no cesaba de elogiar la afable cortesÃa del vicecanciller, y durante estas recÃprocas mentiras, el carruaje avanzaba velozmente, pudiendo llegar a casa de la condesa a las ocho menos algunos minutos.