JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Perdonadme, señora —dijo el vizconde dejándola en un salón de recibo—, vaya a anunciar a madame Du Barry el honor que la espera.
—De ningún modo caballero: no permitiré que se la moleste.
Pero aproximándose a Zamora, que por las ventanas del vestÃbulo habÃa estado acechando su llegada, el vizconde le dio en voz baja una orden.
—¡Jesús, qué negrito tan mono! —exclamó la condesa—: ¿Es de vuestra señora hermana?
—SÃ, señora; es uno de sus favoritos —contestó el vizconde.
—Le doy la enhorabuena.
Las dos hojas de la puerta abriéronse entonces y el lacayo introdujo a la condesa de Béarn en el gran salón, donde madame Du Barry daba sus audiencias.
La condesa observaba con detenimiento, suspirando, el lujo de aquella deliciosa morada, y durante este tiempo el vizconde fue a buscar a su hermana.
—¿Es ella? —preguntó esta.
—En carne y hueso.
—¿No ha sospechado nada?
—Absolutamente nada.
—¿Y el vicecanciller?
—Muy bien. Todo, querida mÃa, conspira en favor nuestro.
—Separémonos, para que no caiga en malicia.