JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Tienes razón, porque según tengo entendido, nada tiene de tonta. ¿Y Chon?

—En Versalles, ¿no lo sabes?

—Recomiéndale muchísimo que no se deje ver.

—Mucho se lo he recomendado.

—Vamos, princesa, haced vuestra entrada.

La favorita empujó la puerta de su gabinete y entró en el salón.

Ni siquiera una de las muchas ceremonias de etiqueta que se usaban para semejantes casos en aquel tiempo, fue omitida por nuestras dos actrices, impelidas del deseo de agradarse recíprocamente.

Primero habló la Du Barry, diciendo:

—Ya, señora, he dado las gracias a mi hermano, por haberme proporcionado el honor de vuestra visita; ahora me toca dároslas a vos, por vuestra mucha bondad.

—Pues yo, señora —dijo con inmensa alegría la anciana—, no sé de qué términos valerme para expresaros mi gratitud, por el amable recibimiento que me dispensáis.

—Señora —añadió la condesa con una respetuosa reverencia—, tengo el deber de ponerme a la disposición de tan distinguida persona por si puedo serviros en alguna cosa.

Ya terminadas por ambas partes las tres reverencias, la condesa ofreció un sillón a la condesa de Béarn, y tomó asiento en otro.


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