JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XXXI

—Podéis hablar cuando gustéis —dijo la favorita a la condesa—, ya os escucho.

—Debo decirte, hermana mía —dijo Juan que se mantenía de pie—, permite que te diga, que esa señora no viene a solicitar, pues ni aun pensaba en venir. Únicamente te trae un encargo que le ha recomendado el canciller.

Madame de Béarn destelló una mirada llena de gratitud al vizconde, y presentó el despacho firmado por el vicecanciller, que convertía en castillo real a Luciennes, concediendo a Zamora el título de gobernador.

—Os estoy sumamente agradecida, señora, por este servicio —dijo la condesa pasando una rápida ojeada por el despacho—, y mi mayor deseo consiste en hallar una ocasión de pagaros…

—No os será difícil —dijo la pleitista con una viveza que dejó encantados a los dos hermanos.

—¿Cómo, señora?

—Según habéis indicado, no os es desconocido mi nombre.

—¡Pues ya; una Béarn!

—Habréis oído hablar de un pleito, en el que se disputan los bienes de mi casa.

—Contra los Saluces, según tengo entendido.

—¡Ay!, sí señora.


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