JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Podéis hablar cuando gustéis —dijo la favorita a la condesa—, ya os escucho.
—Debo decirte, hermana mÃa —dijo Juan que se mantenÃa de pie—, permite que te diga, que esa señora no viene a solicitar, pues ni aun pensaba en venir. Únicamente te trae un encargo que le ha recomendado el canciller.
Madame de Béarn destelló una mirada llena de gratitud al vizconde, y presentó el despacho firmado por el vicecanciller, que convertÃa en castillo real a Luciennes, concediendo a Zamora el tÃtulo de gobernador.
—Os estoy sumamente agradecida, señora, por este servicio —dijo la condesa pasando una rápida ojeada por el despacho—, y mi mayor deseo consiste en hallar una ocasión de pagaros…
—No os será difÃcil —dijo la pleitista con una viveza que dejó encantados a los dos hermanos.
—¿Cómo, señora?
—Según habéis indicado, no os es desconocido mi nombre.
—¡Pues ya; una Béarn!
—Habréis oÃdo hablar de un pleito, en el que se disputan los bienes de mi casa.
—Contra los Saluces, según tengo entendido.
—¡Ay!, sà señora.