JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ya, ya estoy enterada de ese asunto. La otra noche habló Su Majestad de él en casa, con mi primo M. de Maupeou.
—¡Su Majestad! —exclamó la vieja—. ¿Su Majestad ha hablado de mi pleito?
—SÃ, señora.
—¿Y en qué sentido?
—¡Ay!, ¡pobre condesa! —exclamó madame Du Barry moviendo la cabeza.
—Negocio perdido, ¿no es verdad? —preguntó la vieja, angustiada.
—Si he de decir verdad, creo que sÃ.
—¿Lo dijo Su Majestad?
—Sin expresar su parecer, porque tan delicado como circunspecto, Su Majestad habló como si juzgase esos bienes propios ya de los Saluces.
—¡Oh, Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Si Su majestad conociera el asunto, si supiera que se trata de una cesión procedente de una obligación ya satisfecha, sà señora, satisfecha, pues ya tienen recibidos los doscientos mil francos! Verdad es que no poseo los recibos, pero hay pruebas morales, y si pudiese presentarme yo misma a defender mi causa ante el Parlamento, manifestarÃa por deducción…