JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Dice bien madame Du Barry —dijo la condesa, procurando salir por este medio de aquella dificultad—; mas preferirÃa prestarla un servicio verdadero, para conciliar realmente su amistad.
—¡Cuán bondadosa sois! —repuso madame Du Barry con cierta ironÃa, que no se ocultó a la vieja condesa.
—Pues aun tengo yo otro medio —continuó Juan.
—¿Otro medio?
—Justamente.
—¿De prestar ese servicio?
—Mira, hermano —dijo madame Du Barry—; ¿te vas volviendo poeta? No serÃa más fecunda en recursos la imaginación de M. de Beaumarchais[18].
Esperaba la vieja con ansiedad la manifestación del medio anunciado.
—Déjate de bromas —dijo Juan—. Vamos a ver, hermanita; ¿no te relacionas Ãntimamente con madame de Alogny?
—¡Ya lo creo…!, ¿no lo sabes tú?
—¿Y se ofenderÃa, si no te presentase?
—Pudiera suceder.
—Creo que no iréis a contarla de sopetón lo que el rey ha dicho sobre su nobleza, y, como eres mujer de talento, sabrás prepararla…
—¡Bien!, ¿y qué?