JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pediréis audiencia, ofreciéndoos a ser madrina de mi hermana. ¿Estamos? Supongo que no sabéis si la ha encontrado. DecÃa yo, que pediréis audiencia, ofreciendo ser madrina de mi hermana. Esta oferta, hecha por una persona de vuestra categorÃa, debe agradar mucho al rey. Os recibe, os da las gracias, os pregunta en qué puede seros útil. Entonces habláis de vuestro negocio, dais valor a vuestras deducciones. Su Majestad se hace cargo de todo, os recomienda, y ganáis el pleito que ya creéis perdido.
Madame Du Barry fijó sus ardientes miradas en la condesa, quien, conociendo probablemente el lazo que la tendÃan, exclamó con prontitud:
—¡Cómo!, ¡yo, pobre criatura! Queréis que Su Majestad…
—Basta. Ya creo que he hecho lo suficiente por serviros en este apuro —contestó Juan.
—Si deseáis tan sólo servirme… —añadió la condesa.
—Mi intención no puede ser otra —contestó sonriendo madame Du Barry—; pero acaso repugnen a esta señora semejantes supercherÃas, aun para ganar su pleito.
—No, no son supercherÃas —exclamó Juan—. ¡Vamos!, ¿suponéis que ha de saberlo nadie?