JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Porque ya habréis conocido —prosiguió Juan con la mayor indiferencia, aunque aparente—, que a mà me interesa muy poco que mi hermana sea presentada por madame de Alogny, de Polastron o de Béarn.
—Asà es, señor vizconde.
—Es verdad: reconozco que me hallaba encolerizada, temiendo que los beneficios del rey recayesen en un mal corazón, que incitado por un sórdido interés, capitulase con nuestra influencia, conociendo la imposibilidad de combatirla.
—Indudablemente eso es lo que ocurrirÃa —añadió madame Du Barry.
—Y entretanto, esta señora a quien no se le ha solicitado, y que apenas conocemos, se ofrece generosamente, me parece más digna de aprovecharse de las ventajas de esta posición.
La vieja iba a protestar contra aquel generoso ofrecimiento a que se habÃa referido el vizconde; pero madame Du Barry no le dio tiempo para ello.
—Lo indudable es que semejante comportamiento serÃa en extremo agradable al rey, y nada podrÃa negar a la persona que asà procediera.
—¿Qué nada le podrÃa negar el rey?