JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —En tales términos, que se anticiparÃa a los deseos de esa persona, y por vuestros propios oÃdos le oirÃais decir al vicecanciller: «Deseo que se sirva a madame de Béarn; ¿lo entendéis, M. de Maupeou?». Mas como madame de Béarn encuentra mil obstáculos para ello, concluyo. No obstante, sólo pretendo —añadió inclinándose el vizconde—, que esta señora quede persuadida de mis buenas intenciones.
—¡Ah! —prorrumpió la vieja con expresión de gratitud.
—¡Cuánto desinterés! —exclamó el vizconde.
—Pero…
—¿Cómo?
—Que madame de Alogny no transigirÃa con ceder sus derechos —dijo la litigante.
—Pues como decÃamos al principio, vuestro ofrecimiento no tendrá por eso más valor, ni Su Majestad quedará menos agradecido.
—Pero supongamos que madame de Alogny se conformase —añadió madame de Béarn—, no por eso perderá las ventajas…
—La bondad del rey es inagotable para conmigo —contestó la favorita.
—¡Oh!, ¡qué golpe tan terrible serÃa este para los Saluces, a quienes aborrezco!