JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Si os brindara con mis servicios, señora —añadió la vieja cada vez más impelida, tanto por el interés, como por la ridÃcula comedia que representaban con ella—, no por eso esperarÃa ganar mi pleito, pues al fin, si todo el mundo lo cree hoy perdido, difÃcilmente podrÃa ganarse mañana.
—¿Y quién podrÃa oponerse si el rey lo deseara? —contestó el vizconde apresurándose a desvanecer aquel nuevo temor.
—Mi opinión —dijo la favorita—, es la de esta señora.
—¡Cómo! —exclamó el vizconde abriendo extraordinariamente sus ojos.
—Para una persona que lleva un nombre tan ilustre, me parece muy decoroso dejar que su pleito siga los trámites legales, aunque esto no es obstáculo para que la voluntad del rey sea absoluta, ni su munificencia inagotable. Y si Su Majestad no quiere, sobre todo en la posición en que se encuentra con sus parlamentos, dificultar el curso de la justicia, no por eso dejará de poder ofrecer a esta señora una indemnización.
—Honrosa —añadió con presteza el vizconde—. ¡Ah!, en ese caso soy también de tu opinión.
—Pero ¡ay! —dijo con profunda tristeza la litigante—, ¿cómo ha de indemnizarme de la pérdida de un pleito que asciende a veinte mil libras?