JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Hablo formalmente —contestó la litigante perdiendo el color al pensar en la obligación que iba a contraer.
—¿Conque me autorizáis para que hable de vos a Su Majestad?
—Me haréis este honor —contestó suspirando madame de Béarn.
—Esta noche misma quedará todo arreglado —dijo madame Du Barry abandonando su asiento—. Creo, señora, poder contar desde ahora con vuestra amistad.
—La vuestra es para mà tan estimable —replicó la litigante, comenzando la serie de sus reverencias—, que me parece hallarme bajo la influencia de un sueño.
—Ea, resumamos —dijo Juan queriendo dar al espÃritu de la condesa toda la fijeza necesaria para la ejecución de aquella empresa material—. En primer término, cien mil libras en concepto de indemnización, de los gastos ocasionados por el pleito, viajes, honorarios de abogados, etcétera, etc., etc.
—SÃ, señor.
—Una tenencia para vuestro hijo.
—¡Oh!, ¡no empezarÃa mal su carrera!
—Y alguna cosa para vuestro sobrino.
—¿Alguna cosa?
—SÃ, yo me encargo de hallarla.