JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Y cuándo tendré el honor de volver a veros, señora condesa?
—Mañana por la mañana os mandaré mi coche para que vayáis a Luciennes, donde estará el rey. Para las diez habré cumplido mi palabra. Su Majestad estará ya avisado, y no aguardaréis.
—Si me lo permitÃs, os acompañaré, señora condesa —dijo Juan ofreciéndola el brazo.
—No puedo consentirlo de ningún modo —contestó esta—; os ruego, señor, que no paséis de aquÃ.
—Supuesto que os empeñáis… —insistió Juan.
—Os habéis empeñado… —contestó la vieja, apoyándose en el brazo del vizconde.
—¡Zamora! —gritó la condesa.
—El negro se presentó.
—Que alumbren a la señora y acerquen el carruaje de mi hermano.
Zamora salió corriendo, para obedecer el mandato de su ama.
—Me confunden vuestras atenciones, señora —dijo madame de Béarn.
Y entrambas condesas hicieron la última reverencia.