JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Tan pronto como llegaron a la escalera, abandonó el vizconde el brazo de madame de Béarn, para volver con su hermana, mientras bajaba majestuosamente la pleitista.
Zamora iba delante seguido de dos lacayos con luces, y detrás venÃa la condesa de Béarn, cuya cola, algo corta, llevaba otro lacayo.
Los dos hermanos se asomaron a la ventana, queriendo seguir con su penetrante mirada aquella simpática madrina, con tanto esmero buscada, y hallada con tanta dificultad.
Llegaba ya madame de Béarn al vestÃbulo en donde le esperaba el carruaje, cuando una silla de posta entró en el patio, de la cual se apeó una joven.
—¡Ay!, ¡la señorita Chon! —prorrumpió el negro Zamora abriendo extraordinariamente sus abultados labios ¡buenas noches, señorita Chon!
Madame de Béarn quedó con un pie levantado; habÃa reconocido en la recién llegada a la fingida hija del licenciado Flageot.
Como Du Barry hubiese abierto precipitadamente su ventana, hacÃa desde allà infinidad de señas a su hermana que no le veÃa.
—¿Está aquà ese tonto de Gilberto? —preguntó Chon a los lacayos sin ver a la condesa.
—No, señora —respondió uno—, no le hemos visto.