JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Qué vamos a hacer? —preguntó Luis XV—, yo no soy literato, y no debo intervenir en eso.
—Yo pensé —contestó M. de Sartine—, proponer a Vuestra Majestad prohibiese esas demostraciones.
—¡Qué desatino, Sartine! La erigirÃan entonces en oro en vez de bronce. Dejadlos: más feo ha de estar todavÃa en bronce que en carne y hueso.
—¿De modo que Vuestra Majestad desea que el proyecto no se suspenda?
—¿Desear? Poco a poco, Sartine, no es esa la palabra categórica. SerÃa muy natural que yo intentase evitarlo todo; pero conozco que es imposible. Ha pasado la época en que los monarcas podÃan decir al espÃritu filosófico como Dios al Océano: «No pasarás de aquû. Gritar sin resultado, amenazar sin herir, serÃa demostrar nuestra impotencia. Apartemos la vista, Sartine, y finjamos que no vemos.
Exhaló un triste suspiro el subdelegado y repuso:
—Ya, señor, que no castigamos a los hombres, destruyamos al menos sus obras. He aquà una lista de las que es necesario denunciar: unas atacan al trono, y otras a la Iglesia: las unas son rebeldes, y sacrÃlegas las otras.
El monarca, tomando la lista, leyó con voz apagada: