JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, señor, y más valdrÃa tal vez que asà sucediese, porque siquiera podrÃamos vigilarle.
—¿Y qué ha hecho?
—Él nada; pero sus amigos y discÃpulos piensan nada menos que en erigirle una estatua.
—¿Ecuestre?
—No, señor, aunque es un famoso conquistador.
Luis XV se encogió de hombros.
—Desde Poliorcète no ha habido otro como él —continuó M. de Sartine—, tiene espÃas en todas partes, y en todas partes entra: dedÃcanse al contrabando para introducir sus obras las personas más distinguidas del reino. Ocho cajas llenas embarcó el otro dÃa nada menos, y dirigidas a M. Choiseul venÃan dos.
—¡Ah!, es un autor que entretiene mucho.
—Ya, pero mientras tanto, observe Vuestra Majestad que hacen por él lo que por los reyes: le erigen estatuas.
—Nadie se las erige a los reyes sino ellos mismos. ¿Y quién se ha encargado de tan linda obra?
—Figale, el escultor que ha ido a Ferney para hacer el modelo, y entretanto las suscripciones aumentan. Seis mil escudos tienen ya recaudados, debiéndose tener presente que sólo a los literatos está permitido el suscribirse. El mismo M. Rousseau ha contribuido con dos luises.