JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, señor: va al café de la Regencia, y allà juega al ajedrez todas las noches por obstinación solamente, porque siempre pierde. Una brigada necesito tan sólo para observar los grupos que se forman alrededor de la casa.
—Observo —dijo el rey—, que los habitantes de ParÃs son aún más estúpidos de lo que yo creÃa. Dejadlos en paz, Sartine, y que se distraigan jugando; ese tiempo menos murmurarán contra la miseria.
—Pero si cualquier dÃa le da por pronunciar discursos semejantes a los de Londres…
—¡Ah! Entonces habrá delito, y delito público, en cuyo caso no serÃa necesario el mandamiento de prisión. ¿Estamos, Sartine?
El ministro comprendió que el rey no querÃa aceptar la responsabilidad de la prisión de Rousseau, y no insistió más.
—Entonces, señor —continuó el subdelegado—, vamos a tratar de otro filósofo.
—¿De otro? —repitió el rey como disgustado—, ¿no lograremos concluir nunca con ellos?
—¡Ay, señor!, ellos son los que no cesarán hasta acabar con nosotros.
—¿Y de quién se trata?
—De Voltaire.
—¿También ha regresado a Francia?